Sangenjo es como muchos otros pueblos de la zona, un microcosmos de maravillas conjugadas que conmueven al corazón extranjero, sabe muy bien que sus ojos no le mienten, lo que oyen sus oídos es verdad, por supuesto, no se sabe de nadie a quien le engañe el tacto de sus pies en la fina arena. Se adentran ansiosos en cada taberna, cada chiringuito viajero a degustar lo que no puede ser sino cosa de "meigas", como las llaman allí, y aún se asustan al oler el alvariño, marca de la casa.
Sangenjo es al fin y al cabo igual que otros pueblos de la zona, un abrevadero donde se dan cita las cinco maravillas que más dan gusto, a nuestra medida, como debe ser. Galicia está en cada niño jugando por la calle, en la masa del panadero, en el sudor frío del marinero al arrojar un pedazo de su pesca a las gaviotas, que también son gallegas. La mente ajena a estos parajes no se detiene a preguntar el camino, pues es bien conocido por todos que el gallego de pura cepa se parará ante él, golpeará el suelo con su bastón, se ajustará el sombrero, revisará sus lentes, abrirá sus labios hasta extremos insoñables y brillará en sus ojos el agua de la lluvia. "Depende" responde, "es como la lluvia, nunca se sabe cuándo ni cómo, pero cuando se sabe estás calado hasta los huesos".
Y Sangenjo, al igual que toda Galicia, es agua de nube. Es la fogata de San Juan al encenderse y extinguirse, es la voz de la pescadera anunciando la cosecha del mar, el chiringuito de las playas, el club deportivo, los senderos ocultos del monte. Es un lugar del que ya nadie habla pero todos recuerdan, porque Sangenjo es lo que ya no hay: un lugar donde morir en paz.
Haissake
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