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lunes, 17 de marzo de 2014

Alma paupérrima

Dicen que en el norte, más allá de los picos nevados, hallase un reino que puso por gobernador casto y justo a un hombre de rasgos tan desproporcionados, corazón más ennegrecido y modales tan ausentes que llamarlo rata castrada y maloliente sería un cumplido. De él se hablan mayores desgracias, pues es bien sabido por sus súbditos que el tirano que les gobierna fue en otros tiempos un joven y apuesto príncipe; pero de él también surgen las mayores calumnias, pues es suya la culpa de todas sus desventuras. Los pobres habitantes del reino aún recuerdan a sus respetables padres, líderes ejemplares que sin embargo cometieron el error común de dar mayor preferencia a su primogénito y legítimo heredero de la corona, dejando olvidado al hijo menor que siempre creció bajo la sombra de su hermano. El pequeño de hecho fue un hijo mal recibido por parte de la casa real, que había recibido el vaticinio de que el menor de sus descendientes precipitaría a todo el reino sobre la ruina. Aunque afirmaban no ser supersticiosos, lo cierto es que lo trataban con desdén, apartándolo en todo momento de todos los asuntos reales.

El ministro del actual rey, sir Arthur Jameswood, apenas puede contener las lágrimas al mirar a su hediondo y desagradable monarca. Cuando sus padres aún vivían él era su cuidador. Lo vio crecer, lo acompañó en cada hazaña, cada fracaso, ejerció más de padre que los propios reyes. Aún se siente culpable del posterior desarrollo del muchacho que pasó de ser un niño encantador a un preadolescente apuesto y engreído, harto de que todas las miradas se enfocasen en el futuro rey, siempre se esforzaba en captar la atención de los demás, se montó una pandilla con los hijos de los sirvientes e interrumpían la paz del castillo con sus continuas gamberradas. Al ministro aún se le escapa alguna lagrimilla cuando recuerda el día en que la reina reemplazó a todos sus sirvientes y vedó la entrada de niños en el castillo, poniendo fin a sus travesuras. 

A pesar de todo no estaba tan solo, su hermano era la otra única persona en todo el reino que se esforzaba en escucharlo. Siempre tenía algún pedazo de historia que contar a su hermano menor, le relataba hazañas exageradas de sus viajes, sus heroicas gestas contra bandidos y leones mientras salvaba bellas damiselas en apuros. Se establecieron sólidos lazos entre ambos, que sin embargo no aguantaron la prueba del tiempo.

Quizá la persona que mejor conozca las calamidades del rey sea la persona responsable de todas ellas. Balín fue el mago de la casa real durante muchos años, ejercía a la vez de curandero, estadista, consejero real... Fue él quien recomendó a los reyes que fueran más duros con el chico, que acabó interno en una orden de monjes guerreros durante toda su adolescencia. Muchos son hoy día los que se preguntan cómo pudieron los monjes fracasar tan estrepitosamente en su adiestramiento, el chaval se había convertido en un hombre apuesto y educado, galán con las mujeres y reconocido intelectual entre los miembros de la orden.

Los primeros días tras su llegada transcurrieron con aparente normalidad, todo el reino sonreía al ver por fin a la familia unida. El único que aún se mostraba frío y distante con el reformado príncipe era el propio Balín, que seguía sin embargo con sumo interés los rumores que flotaban entre los muros de la fortaleza acerca del recién llegado. Todos hablaban de cómo conquistó con apenas unos versos a la hija del Barón, de cuando cazó una liebre con un disparo certero mientras montaba a caballo, no había persona en el reino que no halagase las hazañas del joven príncipe.

Pero todas estas anécdotas fueron tapadas por los tambores de guerra. El heredero de la corona fue llamado para comandar una feroz represalia contra uno de los reinos vecinos, que había incumplido los tratados fronterizos. Una vez más todas las miradas se enfocaban en la figura del primogénito de la casa real, convertido en héroe gracias a sus hazañas bélicas. Su hermano menor quedó relegado a un segundo plano. Como bien recuerda Arthur, que todavía estaba a sus órdenes como sirviente, el joven príncipe envidiaba con locura las gestas de su hermano, reclamaba a dios, al diablo y a los cuatro vientos el tiempo perdido en aquella orden apartada del mundo, maldecía a sus padres por todos esos injustos castigos, exigía severos castigos contra todos sus partidarios, pues para él no eran sino escoria que defendía un régimen corrupto que toleraba las injusticias que cometieron contra él desde su infancia. La ira le absorbía mientras maquinaba su venganza.

El día que El heredero volvió, finalizada la guerra, su hermano le preparó una muy cálida bienvenida. Estaban presentes todos los miembros de la nobleza y el clero, que se deleitaban con dulces manjares y entretenimientos mientras aguardaban su llegada. Precisamente el primero en estrechar la mano del héroe militar fue su hermano, acompañado muy de cerca por sus ya ancianos y complacientes padres. Se sentaron todos sobre la larga mesa dispuestos a saborear los exóticos manjares, a cuenta según parece del apuesto hijo menor. Arthur aún tenía pesadillas con aquel fatídico día cuando, tras el banquete, el conocido príncipe se subió a lo alto de la mesa y profirió un admirable discurso acerca de las hazañas de su hermano, mientras los camareros servían vino para el que sin duda sería un glorioso brindis, la guinda del pastel para una triunfal velada. El único que no bebió fue el príncipe, que miraba con regocijo a su hermano mientras sus labios se abrían en una demencial mueca. Su risa se elevó por encima de los asistentes, que se aquejaban algún mal de estómago. Seguramente el primero, quizá el último en percatarse del mortal complot fue El heredero, que saltó a la mesa mientras desenvainaba su espada, pero su hermano lo había planeado todo: Una letal flecha atravesó el costado del aguerrido militar, que exhaló su último aliento mientras su otrora querido hermano le rebanaba el pescuezo.

Tras la carnicería, el recién autoproclamado rey ordenó la búsqueda y ejecución de todos aquellos partidarios de la casa real que no asistieron al banquete. Fueron tiempos muy violentos para el reino: las tropas que sirvieron a las órdenes de El heredero durante la guerra poco pudieron hacer contra el ejército mercenario levantado por el despiadado monarca, uno a uno los focos de resistencia fueron disipándose. En el castillo real ya solo había sitio para el recién coronado monarca, que supo no obstante recompensar la complicidad de Arthur. Todo parecía ir en rumbo para el nuevo rey, hasta que llegó a sus oídos la noticia de que el mago de la casa real se había rendido ante sus soldados. El dulce sabor del morbo inundó su boca, ordenó que lo trajeran para así poder aprender de su magia y convertirse en un ser aún más poderoso y temido. Fue aquí cuando el rey recibió lo que para muchos fue un justo castigo, pero para otros la condena definitiva del reino: los guardias trajeron preso al mago, subestimando su enorme poder, pues en cuanto estuvo cerca del rey emitió oscuros hechizos con los que se deshizo de la guardia personal del monarca. Pero Balín también subestimó a su adversario, que andaba ataviado con poderosos amuletos contra la magia, sin duda robados de la orden militar en la que le excluyeron. Finalmente Balín decidió que, si no podía matar al rey, sí que podría darle un castigo cruel: consumiendo todo su poder el mago profirió un hechizo con el que todas las malas acciones cometidas por el rey se reflejasen en su cuerpo, que de pronto se tornó en un decrépito anciano.

Nada más se supo del mago, pero desde entonces en los lejanos pueblos del sur se habla de un despiadado rey, del que, se dice, corresponde con esta descripción:

"Su napia es tan larga que huele el oro a kilómetros; sus ojos , estrechas y diminutas cuencas grises que jamás conocieron rostro amable. Los sirvientes temen al oir el incesante traqueteo de sus huesos, acompañado por su andar errático y vacilón, consecuencia de un pie mortecino que nunca quiso amputar. Más peligroso aún que el horrible pestazo que que emite por cada estancia es su oído que percibe el más nimio chismorreo allende los muros de su fortaleza. Sus manos, largas y huesudas, mudan de color según su estado de ánimo: cuentan que hace tres meses, cuando el cocinero sirvió en la mesa por error albóndigas de carne de caballo -plato especialmente odiado por su majestad- las manos del rey pasaron de un amarillo enfermizo a un verde venenoso y un blanco mortecino, para después tornarse rojas como la sangre, la sangre que inundó esa tarde el hacha del verdugo. Su calvicie, su postura encorvada y la barba mugrienta y grisácea quizás puedan confundirlo con un erudito, pero no es sino serrín lo que ocupa el cráneo, envejecido y aquejado por todos los males imaginables. Sufría mucho, más de uno lo confundiría con un muerto mal resucitado, pero nadie se compadecía de un ser al que no le importaba hundir a sus propios súbditos en la miseria con tal de que sintiensen su propio dolor, no ya de un cuerpo milenario, sino de un corazón frío como una lápida".

Haissake