Nadie sabe cómo Katia vino al mundo, unos dicen que era la hija favorita de una camada, otros que fue la única superviviente de una dura agresión contra su familia, quizá por eso siempre le tuvo miedo a los bastones...
Todo lo que sabemos de su vida es lo que hemos vivido con ella y lo que pudo contar la perrera: "una pequeña bola de rayos de sol ennegrecidos por la suciedad, que cubrían un amasijo de piel y huesos, era como encontrar un cofre lleno del oro de hace mil años." No tardó en formar parte de una nueva familia, con la que comenzó a desatar el espíritu incansable con el que nació. Era tan fuerte que no pudieron aguantarlo, querían un perro manso y tranquilo que no persiguiese a su gato. Katia no era una de esas mascotas que se tumban en un rincón, ahora lo hace, pero no siempre fue así. Corría por toda la casa, se sentía desde lejos como un enorme huracán de alegrías, un saco de pelos moviéndose a la velocidad de una peonza -imagina una peonza gigante, es un tornado de madera en miniatura que se lleva todo a su paso, así era Katia-. Después de dos semanas decidieron rendirse y devolverla a la perrera. A veces me da por pensar cómo debió de sentirse en aquel momento, "imagino el más tierno de los recién nacidos, encerrado en una jaula de cristal. Él me mira con ojos como planetas, en los que relucen las estrellas, entonces se lo llevan y siento un breve alivio, pero vuelve... Y lo encierran de nuevo en su jaula. Luce muy bien, pero es como un diamante, ¿alguien ama a los diamantes? Además dan igual los juguetes que tenga, de qué sirven si no tiene con quien jugar..."
Han pasado nueve años desde que Katia llegó a mi casa, no vino el Día de Reyes, pero muchos dirán que es el mejor regalo que he recibido. Son unos mentirosos. los regalos son objetos, las mascotas son seres vivos, no se poseen se quieren. Además debes ser responsable, Katia requirió muchas responsabilidades. Ahora la ves en el suelo como si fuera una alfombra, pero en su día costó una barbaridad amaestrarla. No se estaba quieta ni dentro de casa, ni fuera; daba igual lo fuerte que tirases del collar, ella te iba a llevar de paseo por ahí. Tenía mucha fuerza, como todos los cachorros, pero debió de nacer con la fuerza del sol, si no no me explico de donde sacaba tantas energías; era muy desobediente, no hacía caso ni a los premios, salchichas y lonchas de jamón que fueron pasto para las hormigas; si se encontraba con un perro o jugaba con él o peleaba, o ambas cosas. Mordisqueaba a los ciclistas, cruzaba la carretera, se largaba con la pelota -en lugar de devolverla-, comía de todo lo sucio del suelo menos nuestros premios... Son todos esos obstáculos los que hacen que ahora me sienta tan unido a mi perro, porque al principio desconfiaba mucho de nosotros y nosotros de ella, pero cada problema solucionado, cada roca fuera del camino estrechaba nuestra relación.
Va a cumplir una década, eso para un perro es mucho tiempo. Aunque ya no corretea por ahí como si fuera un ciclón, todavía se levanta para saludarnos y nos persigue por toda la casa. Si la ves tumbada en el suelo es porque le hemos cerrado la puerta, porque ella entiende que debe hacer de perro guardián. En cuanto aparecemos por la puerta nos recibe con todas las alegrías de la juventud, y cuando la saco de paseo sigue buscando gatos como hacía de pequeña. Aún conserva el brillo en el pelo, y su mirada es pura ilusión, me encanta cuando agita las orejas y zarandea el rabo al pedirme caricias. Otros perros estarían en el umbral de sus vidas, pero Katia aún conserva muchas de sus fuerzas. Es una suerte, dirán, pero sé que un día, quizá no tan lejano, nos abandonará a todos.
Lloraré... Sé que lo haré. Esta no es la historia de mi perro, es la historia de cualquier amigo. Cuando dejéis de leer este texto, recordad a todos los seres queridos que se fueron y amad a los que aún están con vosotros. Amadlos... Amadlos.
Haissake

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