miércoles, 19 de marzo de 2014

Mi padre

Papá era picudo como un ave, gracioso como una hiena y terco como una mula, pero en el fondo todos sabíamos que detrás de sus lentes enormes y de sus normales y horteras camisas a cuadros se ocultaba el corazón de un niño, solo que estaba oculto como el relleno de los bollos industriales.

Pero mi padre no es extraordinario, ¡ni mucho menos! Él es la única persona normal del planeta. Ser normal implica llegar tarde a comer por un partido de tenis; tener el cuarto tan bien ordenado como su dentadura -mira que le dije que fuese al dentista-. No puedo olvidar, por supuesto, los dos elementos más importantes para ser una persona ordinaria: ser un vago -muy esforzado- en cualquier tarea doméstica, y contar chistes de política cuando menos te los esperas.

Naturalmente mi padre también tiene defectos. El primero es cuidar siempre de las cosas, da igual que el ordenador tenga diez años y esté a punto de cascarla, él lo va a reparar una y mil veces hasta que Satanás lo reclame para sí. Siempre recuerda una promesa -menos cuando se le olvida, afortunadamente- y nunca va a dejar de quererte, ni cuando sacas un cero en mates, ni después de armar una masacre en el supermercado -que conste que lo he intentado, pero aún me quiere...

¿Qué tiene mi padre que tengan los demás padres? Que a veces no sonríe -solo a veces-. También usa pantuflas, además es una ardilla y cría corales.



Haissake

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