Cojo mi pluma, mojada en el tintero, una a una las gotas caen, mas no caen solas. Oigo el ruido de cientos de miles de pequeñas gotas de agua; son litros y litros estrellándose al unísono contra el duro techo, una y otra vez.
Oigo piscinas olímpicas saltar desde las nubes, lagos sin fondo se precipitan contra el tejado. Unas más grandes, otras más pequeñas, pero todas se estrellan en sucesivo orden, como una perfecta sinfonía. Es una danza que siempre cambia, una melodía, el concierto de Jazz de la naturaleza. Siempre es la misma, siempre es distinta.
El coro de la naturaleza canta con pasión, el escenario está preparado. Chorros de agua serpentean, bailan con el viento en perpetuo ciclo que se repite en todas partes, hasta el fin de nuestros días. Haces de luz iluminan a los protagonistas, el aire vibra de la emoción. En la costa, las olas pelean por la costa, quieren extender su rugido hasta las montañas, allá donde los torrentes se precipitan sobre madrigueras desprotegidas.
Una gota cae en el tintero, no es una gota cualquiera, es testigo milenario del mundo. Proviene a la vez de China, Perú, Francia y Pakistán, de las pirámides de Giza y la Plaza Roja. De ella bebieron Genghis Khan y Napoleón, salió de las lágrimas de Gandhi, del sollozo de miles de niños al nacer. Sus minúsculos átomos vienen de todas partes y lo saben todo, son testigos de nuestro mundo que cada día golpean ruidosamente el techo de muchas casas... Después se filtrarán por el suelo hasta llegar a la madre Tierra que las vio nacer...
... Y vuelta a empezar.
Haissake
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